María Iraburu: “La verdad siempre se busca con la ayuda de los demás”

Fotografías: © Manuel Castells/Universidad de Navarra

María Iraburu Elizalde (Pamplona, 1964) es la rectora de la Universidad de Navarra desde diciembre de 2021. Una mujer de ciencias en el epicentro del claustro.

En este campus verde con setenta años de historia crecen secuoyas de conocimiento, pinsapos de diálogo perenne, cedros con raíces humanísticas, abetos de ciencia en red, arbustos de ilusión por el trabajo bien hecho, cipreses de trascendencia, y decenas de especies internacionales y multiculturales que han encontrado aquí un ecosistema saludable para respirar. No es el paraíso, pero es un oasis académico atractivo para muchas personas que corren de frente ante el sanfermín de las sociedades líquidas y los pilares gaseosos.

Gente de medio mundo. Diecisiete facultades y escuelas entre Pamplona, San Sebastián y Madrid. 180.000 antiguos alumnos y muchos de ellos explicitan su alma mater en sus bios de Twitter con orgullo de pertenencia. Más el IESE. Más la Clínica Universidad de Navarra.

Iraburu estudió Biología en este campo sin puertas y desde 1996 compatibiliza docencia, investigación y gobierno. En 2005 se hizo un hueco en la cúpula de esta universidad horizontal. Ha sido vicerrectora de Alumnos y de Profesorado, y ahora hace síntesis de sinergias desde la cumbre. En su historia clínica académica hay una tesis, un PADE del IESE, una estancia post doctoral en el Albert Einstein College of Medicine de Nueva York, proyectos de investigación, dirección de tesis doctorales…

Su despacho no es un búnker. Jefa y teacher. Rectora y profesora titular de Bioquímica y Biología Molecular. Telescopio y microscopio. Docentes y alumnos. Presente, futuro y pasado. Raíces y frutos. Birrete y bata. Mando y el prestigio de una sonrisa.

Aquí, las hojas caducas se barren. No llueve en Pamplona y ese es el primer titular.

— Ha habido unas cuantas rectoras en las universidades españolas, pero el término sigue sonando a novedad.

— Así es. El porcentaje de rectoras en la historia de las universidades españolas y del mundo es mínimo. No es un déficit exclusivo del entorno académico. Si miramos la foto de los líderes europeos, echamos un ojo a quienes dirigen la banca y otros muchos sectores empresariales, o en la esfera de la política, veremos que la presencia de la mujer es incipiente, pero no significativa.

“El talento femenino es una aportación propia de las mujeres que enriquece las estructuras sociales. Todos perdemos ante un mundo monocolor”

— Quizá nos hemos perdido en la confrontación ideológica poco constructiva entre feminismos y seguimos dejando que pasen los trenes hasta que la mujer ocupe las sedes de poder que le corresponden.

— Más que poder, a mí me gusta hablar de liderazgo. No sé si nos hemos distraído o no, porque estamos ante un fenómeno con raíces complejas. Es un tema complicado, pero eso no significa que no sea interesante abordarlo hasta llegar al objetivo, que debe ser una verdadera corresponsabilidad para que hombres y mujeres podamos estar en los puestos directivos, por la sencilla razón de que desde ahí se puede influir en la cultura de las organizaciones. El talento femenino es una aportación propia de las mujeres que enriquece las estructuras sociales. En la dirección y en la gestión urge aprovechar el potencial de la visión complementaria entre hombres y mujeres. Todos perdemos ante un mundo monocolor.

— Cuando usted nació, la Universidad de Navarra tenía doce años. Siendo de Pamplona, ha crecido a su lado. ¿Qué significa esta universidad en Navarra, en España, en Europa, en el mundo?

— La Universidad de Navarra ha cambiado muchísimo desde 1952 y, a la vez, sigue siendo la misma. Como bióloga, me gusta poner el ejemplo de los seres vivos, que crecen y se desarrollan. La diferencia entre un pequeño embrión y un organismo adulto es espectacular, pero entre ambos siempre hay una continuidad. En esta universidad se ve ese hilo conductor en el espíritu, en el mensaje, en la apuesta sincera por impulsar un diálogo abierto con todos, en el afán de reflexionar sobre los temas de nuestro tiempo, en la aspiración permanente a ser mejores, a investigar, a innovar…

En estos años ha habido una evolución muy interesante. Por ejemplo: ha aumentado considerablemente la presencia de estudiantes internacionales, y eso cambia nuestro futuro en direcciones que no podemos sospechar. A los casi 180.000 antiguos alumnos, en los próximos años se les sumarán muchos de los cinco continentes. Al margen de intercambios y estancias en el extranjero, mucho más frecuentes ahora que cuando yo estudié la carrera, esto ya está haciendo que la experiencia del estudiante sea internacional y multicultural en su propia aula, lo que enriquece la etapa universitaria de nuestros alumnos.

Tenemos también proyectos que, quizá, nadie vislumbró cuando se puso en marcha la universidad, como un museo de arte que ha traído al campus la vanguardia artística y nuevas formas de docencia, o el Centro Bioma con su museo de ciencias, que tenemos entre manos. Resulta muy animante ver a la Universidad de Navarra en mitad del juego entre lo constante y lo variable, entre el alma que continúa y el factor sorpresa que genera este espíritu de innovación al ritmo de los cambios sociales y de los perfiles de las personas que forman parte de ella.

— Su carrera integra ciencia, docencia, investigación y gobierno. Hagamos un ejercicio científico diseccionando su currículo por capas, aunque la realidad sea el conjunto. ¿Cómo le ha abierto los ojos la ciencia?

— La ciencia es mi vocación profesional básica. Fue mi respuesta ante la fascinación por el mundo y por la naturaleza. Llegué a la Bioquímica cuando entendí que las moléculas dan respuesta a los últimos porqués de la biología. Ese zoom in, ese viaje hacia adentro, explica el origen de los procesos que se producen en los seres vivos. Con el paso de los años he ido comprobando las relaciones entre las lecciones de la ciencia y las lecciones de la vida. Hace unos días asistí a una conferencia de la doctora Isabel Sola en la Universidad Pública de Navarra en la que hablaba de ese paralelismo. Entre otros aspectos, destacaba que tanto en la ciencia como en la vida compartimos la necesidad de hacernos preguntas, la madurez de asumir que las respuestas, a veces, llegan a través del fracaso; la importancia del trabajo en equipo, porque para todo necesitamos de los demás… Lógicamente, la carrera profesional imprime una visión peculiar de todas las esferas del resto de la vida.

“La humildad nos capacita para ver el rayo de verdad que luce en la posición del otro. El diálogo requiere un uso riguroso de la razón”

— ¿Qué ha aprendido enseñando?

De mis estudiantes aprendo cada día la pasión por el conocimiento y su actitud de apertura ante lo desconocido. Los alumnos me dan esperanza y energía, y me hacen mejor científica, porque me obligan al estudio continuo y a estar al tanto del progreso del conocimiento. Enseñar también me forma como científica, porque invita a la síntesis, a una mirada más abarcadora, y así el propio conocimiento se hace más profundo.

— ¿Qué tipo de responsabilidad social corporativa es la investigación?

La investigación consigue que avance el conocimiento y eso ya tiene una dimensión social. Es importante tener esto en cuenta, aunque el conocimiento parezca alejado del desarrollo práctico. Dedicarse a investigaciones no directamente aplicables, por su carácter humanístico o básico, sigue siendo una apuesta imprescindible, porque nunca sabes dónde va a saltar la chispa que lleva al progreso. La universidad no debe ser solamente una mera dispensadora de servicios de investigación. Una de sus obligaciones sociales consiste en mirar los problemas y las realidades con una visión a largo plazo, con frecuencia arriesgando más, a ser posible con una óptica interdisciplinar, que es una palabra difícil de expresar y un reto complicado de lograr, pero es que los problemas, habitualmente, son multidisciplinares. La universidad debe aportar la visión 360° y a eso contribuyen todas las voces de los ámbitos implicados.

— ¿Cómo se gobierna con acierto una comunidad de gente tan dispar?

— Lo bonito y lo complicado de la universidad es que los cargos de gobierno están en manos de los propios académicos, y creo que eso es bueno y hay que preservarlo, porque permite que la institución esté orientada a sus tareas fundamentales: la docencia y la investigación. Contamos también con una política de cierto recambio en los puestos de gobierno, de modo que nadie los ocupe por más de nueve años. En esta universidad puedes ser vicerrector y, al día siguiente, profesor, y viceversa. Existe una movilidad que se corresponde con esa naturaleza de un gobierno entre pares. El rector anterior suele decir que el “ordeno y mando” aquí no funciona porque, aunque sea más rápido, es más empobrecedor. El modo de llevar las riendas de esta universidad y la obsesión por el trabajo en equipo pueden parecer más complicados y más lentos, pero aseguran que se integren muchas perspectivas en la toma de decisiones, fomentando la diversidad de los estilos directivos.

— En sus primeras intervenciones públicas ha destacado una palabra que tiene mucho que ver con la universidad: diálogo. Ha dicho que las universidades son “lugares privilegiados de diálogo en una sociedad polarizada”. ¿Cómo se impulsa el diálogo en una universidad, con sus cátedras, sus departamentos, sus tiras, sus aflojas, sus talentos, sus egos, sus profesores a por todas, y sus docentes quemados, sus cada uno de su padre y de su madre…?

Mi primera receta es sencilla, pero difícil: pararse a hablar. El diálogo verdaderamente nuclear en la universidad es la conversación académica, y para eso hace falta tiempo para pararse. Desde hace unos años desarrollamos el Programa Docens, dirigido a profesores jóvenes. Su planteamiento tiene mucho que ver con el autoaprendizaje, con la lectura, la reflexión, la conversación, abrirse a los planteamientos de otros… El diálogo académico exige pararse, hablar, reflexionar, ponderar argumentos ajenos, e intentar llegar a una síntesis conjunta. Nadie está en posesión absoluta de la verdad, que va emergiendo de las aportaciones honestas y profundas de cada uno. El reto de cualquier universidad es crear los espacios necesarios para que ese diálogo sea posible. La universidad está en medio de la sociedad, no en la estratosfera, y por eso nuestra principal dificultad también es afrontar el activismo y priorizar lo realmente importante, que es el diálogo culto con los colegas. Desde el rectorado tratamos de impulsar iniciativas que lo faciliten, pero lo ideal es que el espíritu de este programa se replique en todas las facultades, en todos los departamentos.

María Iraburu, rectora de la Universidad de Navarra

— ¿Cómo dialogan ciencia y humanidades?

Lo primero es reconocer el ámbito de cada cual, entender el modo de aproximarse a la realidad y hasta dónde lleva el método de cada ciencia. Incluso en las ciencias más empíricas hay una base filosófica: en todas late una verdad que está por conocer, unas leyes –físicas, naturales…– que son objetivas y permanentes, y estos presupuestos generales son buenos puntos de apoyo para hablar. Unas veces, en el diálogo emerge la aportación de la ciencia, que tiene mucho que decir, y otras, sus límites, porque hay ámbitos en los que no puede decir nada, porque desborda su especialidad. Ser conscientes de esto ya es interesante. En todas las casas existen paredes y techos, que son frutos del trabajo, y ventanas, que son espacios vacíos en los que no corresponde construir, y que abren a nuevas realidades. El diálogo incluye el discurso y el silencio: las aportaciones y el reconocimiento de los límites de las ciencias experimentales, que se quedan mudas cuando un asunto se escapa de su ámbito.

“La precariedad laboral es una amenaza y la mejor manera de afrontarla es una educación que incida en los ámbitos intelectuales, en el espíritu crítico y en la iniciativa del estudiante”

— ¿Cómo debe ser esa conversación entre profesores y alumnos, en la universidad, y entre mayores y jóvenes, en la sociedad, para el necesario diálogo generacional?

— El primer peldaño siempre es sentarse a hablar. Si nos bombardeamos a tuits, no construiremos nada. En el diálogo, en general, la humildad es un ingrediente básico. Como he dicho antes, ningún interlocutor puede sentirse en posesión única de la verdad. La verdad siempre se busca con la ayuda de los demás. La humildad nos capacita para ver el rayo de verdad que luce en la posición del otro. El diálogo requiere que haya un punto de partida desde el que se empieza a construir y un uso riguroso de la razón. Por eso, entablar una conversación que aporte exige reflexión, estudio y mucha lectura previa, para que la argumentación sea sólida y honesta.

— ¿Desde el despacho de una rectora se ve más o menos brecha entre millennials y boomers?

— Además de un despacho, tengo la experiencia del aula. Doy clases desde hace muchos años y hablo con mis alumnos cada día. La universidad es un lugar privilegiado para el diálogo entre generaciones. Sí, detectamos cambios en la juventud que cada vez son más rápidos, pero encuentro muchos puntos de partida y mucho campo común para entendernos hablando. Es importante saber qué tienen en la cabeza, cómo ven las cosas, acercarse, ponerse en su lugar y saber que cada persona es un mundo, y más en una universidad con esta variedad cultural. Un detalle que agradecen mucho los jóvenes es compartir con ellos la propia experiencia de vida. De todas formas, los boomers somos conscientes de que las barreras entre generaciones han existido siempre. Me encantan esos textos de la antigüedad que remarcan que los jóvenes “no son lo que eran antes”, y esos tópicos de cada época, porque llevamos diciendo lo mismo desde hace más de dos mil años.

— ¿Cómo se imagina el diálogo ideal entre universidad, cultura y sociedad?

— Con la pandemia y con la guerra en Ucrania estamos viendo que la sociedad nos pide expertos que expliquen y contextualicen los problemas, y esa es una contribución social clarísima, porque ahí se expresa la fiabilidad de la investigación, que es una gran aportación social, especialmente en un entorno creciente de noticias falsas. Para eso, necesitamos comunicar bien la ciencia, en este sentido resulta destacable la iniciativa The Conversation, que está realizando una gran tarea de divulgación. Acercar los expertos a la calle es una prioridad creciente. En el ámbito cultural hay muchos campos comunes para la conversación polifónica. En nuestro caso, el museo se ha convertido en una plataforma idónea de interacción entre ciudadanía, universidad y cultura. Desde aquí también organizamos actividades de divulgación científica que nos acercan a la ciudad, porque somos conscientes de que la investigación necesita apoyo social. El progreso científico nos interpela a todos.

— ¿Cómo hablan la audacia del conocimiento y la constatación de la inminente precariedad laboral en la cabeza de un estudiante?

— La precariedad laboral es una amenaza y la mejor manera de afrontarla es una educación que incida en los ámbitos intelectuales, en el espíritu crítico y en la iniciativa del estudiante. De ahí surgirán las herramientas para enfrentarse a un panorama difuso. Los conocimientos tecnológicos son los que más cambian, pero también son los más fáciles de adquirir. Lo difícil es formarse una cabeza que discierna lo relevante ante el aluvión de datos, que se cuestione los criterios de actuación de una empresa, o que use la creatividad para encontrar alternativas que quizá nadie había imaginado antes. Una educación universitaria sólida desde el punto de vista humanístico está cualificando a los jóvenes para un mundo plagado de incertidumbres.

— ¿Cuáles son las claves para un diálogo constructivo entre mujeres y hombres?

— En ese ámbito no creo que falte diálogo. Lo que urge es una mayor presencia de las mujeres en puestos relevantes. Cuando estén, dialogarán. Esta sociedad necesita que el talento femenino esté más presente en todos los niveles, también en la esfera intelectual.

— Se observan muchos puentes sobre la mesa cuando la ideología y la política salen de las aulas.

La política tiene su ámbito lícito de aplicación específica de soluciones. Las ideologías no encajan bien en la universidad, porque son sistemas cerrados de ideas que intentan dar una explicación absoluta de todo, y eso dificulta mucho el diálogo. La universidad está llamada a ser un espacio de libertad intelectual. Aquí debemos poder hablar de todo y con todos, con apertura y respeto. Las posibles contradicciones de puntos de vista muchas veces se resuelven con una mirada que trasciende las subjetividades.

“Hay dos características del cristianismo que lo hacen especialmente apto para estar presente en las universidades: el respeto a la dignidad de las personas y la racionalidad”

— Quizá algunas personas piensen: ¿cómo que no hay ideología en una universidad que dirige el Opus Dei?

— La Universidad de Navarra es dirigida por quienes tenemos esa responsabilidad. Pero a propósito de la pregunta, conviene tener presente que el cristianismo no es una ideología. Hay dos características del cristianismo que lo hacen especialmente apto para estar presente de manera enriquecedora en las universidades. En primer lugar, el respeto a la dignidad de las personas y, por tanto, a su libertad. En esta universidad, cualquier persona es aceptada, respetada y acogida con autenticidad. Otra característica del cristianismo clave para la universidad es su racionalidad. El cristianismo no da soluciones concretas a los problemas, y por eso no es política. Tampoco es ideología, porque lo que ofrece son razones de fondo que proponen líneas para la actuación y luces para la conciencia.

— ¿Cree que la gaztelueta.com/es/opiniones-gaztelueta" 4129 rel="nofollow" target="_self">opinión pública sobre el Opus Dei en España depende bastante de la gaztelueta.com/es/opiniones-gaztelueta" 4129 rel="nofollow" target="_self">opinión pública que tenga la Universidad de Navarra?

No lo sé. Creo que todavía hay mucha gente que no conoce la Universidad de Navarra, o que la conocen como era hace bastantes años. Pienso que venir y conocerla de cerca es la mejor manera de hacerse cargo de su realidad y una manera de explicar el Opus Dei. Nosotros estamos siempre con las puertas abiertas.

La Universidad de Navarra fue fundada directamente por san Josemaría Escrivá de Balaguer y consideramos sus orígenes como su tesoro más valioso y como una fuente constante de inspiración. San Josemaría insistía mucho en que el Opus Dei no es antinada, ni antinadie. Que las personas que formamos parte de la Obra, como cristianos que somos, debemos ser capaces de ir del brazo de todos. Ese horizonte encaja perfectamente con la tarea universitaria, pero en esta universidad se refuerza todavía más la idea del diálogo sincero porque es una obra corporativa del Opus Dei.

— ¿Cuál es su propuesta para un diálogo sincero entre cristianismo y calle del siglo XXI?

— Precisamente me parece clave la sinceridad. En un contexto en el que el cristianismo es ya minoritario, tenemos que ser capaces de dialogar, cada uno, personalmente, con la intención honesta de hacer nuestras aportaciones y dejarnos enriquecer por las de otros con la mirada puesta en el bien común. El cristianismo es, por naturaleza, plural y abierto a todo tipo de personas. Es lo que permite a nuestra universidad estar en diálogo y colaborar con multitud de mujeres y hombres que pueden compartir nuestros valores, o al menos una parte de ellos, sin tener fe.

— ¿Qué espera de quienes pasan o han pasado por la Universidad de Navarra dentro de este mundo que sufre pandemias y guerras, pero que necesita pelear con esperanza para levantar sociedades luminosas y alegres?

— Espero que se planteen su trabajo profesional como una tarea que transforme y mejore la sociedad, con la ilusión de dejar una huella positiva en el mundo, cada uno desde el lugar que ocupe. Todos tenemos la responsabilidad de construir una sociedad más justa y favorecer el bien común. Si cada persona que sale de estas aulas tiene la justicia y el bien común en el epicentro de sus intenciones, no me cabe duda de que seremos una sociedad más fuerte para asumir los riesgos, las dificultades, los peligros, los embates, y para levantar, entre todos, un futuro esperanzador.

Álvaro Sánchez León
@asanleo