Todos sabemos que nunca antes habíamos tenido acceso a un caudal informativo tan ingente como el que hoy se nos ofrece (o se nos impone). Y todos sabemos que esto puede provocar la llamada infoxicación o sobrecarga informativa, que se produce cuando recibimos más datos de los que podemos procesar. Por no mencionar que buena parte de la información que nos llega es falsa, inexacta o engañosa. Esta situación inédita comporta serios desafíos en el ámbito educativo. Una de las tareas fundamentales del maestro es hoy la de enseñar a sus alumnos a orientarse en el laberinto, a buscar, filtrar, seleccionar, verificar y procesar la información. Es decir, que la construcción del espíritu crítico es hoy más importante que nunca. Pero ¿en qué consiste o ha de consistir exactamente esa construcción? ¿Cómo emprenderla con garantías de éxito? ¿Qué es, en última instancia, el espíritu crítico?

En primer lugar, conviene que nuestros estudiantes sean conscientes del problema. Para eso, nada mejor que hacerles ver que alguien intenta engañarlos. Naturalmente, saben que hay vacilones y vendehúmos en TikTok o en YouTube, pero cuando se trata de informaciones académicas o «serias», tienden  a ser más incautos. Hay un ejemplo que puede resultarnos útil, porque es llamativo y suele causarles impresión. Circula por internet una fotografía «histórica» en la que un joven Joseph Ratzinger aparece con el brazo derecho en alto, extendido. Parece estar haciendo el saludo nazi. Pero resulta que la imagen está recortada: el futuro Benedicto XVI tiene los dos brazos levantados y extendidos, durante una celebración litúrgica. Uno puede ver la alarma y la indignación en las caras de los estudiantes cuando se les muestra la fotografía completa después de la manipulada: «Si no me ando con ojo», parecen pensar, «me la van a colar así de fácil».  Las estrategias o procedimientos que suelen mencionarse para la construcción del espíritu crítico son bastante elementales e intuitivos: aprender a buscar, no fijarse solo en los primeros resultados, acudir a varias fuentes y asegurarse de que son autorizadas y adecuadas, ser capaz de contrastar y sintetizar cabalmente la información, etc. Cabría añadir que los profesores debemos predicar con el ejemplo: la información que ofrezcamos a nuestros alumnos ha de ser rigurosa y exacta, debería notársenos el amor por la verdad.

Pero hay otras medidas y estrategias de las que se habla menos. Si la formación del espíritu crítico tiene especial importancia en la era de internet, un paso muy saludable es despertar el espíritu crítico para con internet. Suele decirse, por ejemplo, que «todo está en internet». Uno de mis hijos, con cuatro o cinco años, me preguntó cómo había muerto san José. «No lo sabemos», le dije. «Pues búscalo en internet», respondió. La anécdota tiene su gracia, pero también, creo, su enseñanza. La inmensidad del universo digital puede dar a nuestros alumnos la falsa idea de que ya está todo dicho o hecho. Puede volverlos pasivos. Por eso creo que no está de más recordar obviedades como que los descubrimientos del mañana no están en internet. Ellos, nuestros estudiantes, tendrán que hacerlos, activa y creativamente, a partir de los saberes de hoy.

            «Todos esos saberes de hoy sí que están en internet», se dirá. Pero tampoco es cierto. Un ejemplo sencillo es el de los textos clásicos. Cuando damos a nuestros estudiantes la trágica noticia de que tienen que leerse el Lazarillo, no será raro que aquellos que se resignen a tan infausto destino acudan a la primera biblioteca digital que encuentren. Como profesor de Lengua y Literatura, creo que mi labor es prevenirles contra esa idea. Efectivamente, el Lazarillo está en internet, pero en versiones sin notas, descuidadas o desactualizadas (a no ser, claro, que recurramos a la piratería). Si se trata de la Odisea, encontraremos por lo común traducciones que hayan pasado a dominio público, antiguas y de difícil comprensión. Así que lo más sensato será decir a nuestros chavales que no, no todo está en internet, y recomendarles una buena edición reciente.

Internet puede hacer que los profesores caigamos en uno de los mayores males de nuestro tiempo: el adanismo.

 Puede llevarnos a pensar que hemos hecho tabula rasa, que estamos ante un nuevo paradigma que cambia por completo las cosas. Uno se pone nervioso y empieza a desterrar saberes y estrategias que hasta ayer funcionaban perfectamente en pos del último grito en pedagogía ultramoderna. Claro que las cosas han cambiado, y claro que hay que adaptarse y buscar nuevos caminos y mejores modos de contribuir a la formación de nuestros chavales. Pero creo que es un servicio impagable a la formación de su espíritu crítico hacerles ver que el éxito de cualquier empresa humana sigue radicando, con internet o sin él, en la creatividad, en la inteligencia, en la disciplina. Si nos dejamos deslumbrar o enloquecer por la nueva herramienta, por muy poderosa que sea, no tardará en volverse inútil (o perjudicial).

            Otro asunto del que tampoco se habla demasiado es el silencio. Para evitar la sobrecarga informativa, hay que cortar su flujo. No se trata de que los chavales escuchen al profesor disertar sobre la Edad Media y por la tarde echen mano de un videojuego ambientado en la Edad Media, cenando vean un vídeo sobre la Edad Media y se duerman escuchando un podcast entretenidísimo sobre la Edad Media. Se trata de que se olviden de la Edad Media para que sus conocimientos sobre ella se decanten y afirmen. Falta pausa, falta paciencia, falta reflexión silenciosa. Y no solo para no acabar enloquecidos: se aprende más y mejor con ellas. La velocidad a la que nos llegan las informaciones hace que estas se acumulen sin orden ni concierto, como en un trastero, y eso acaba por convertirlas en un amasijo informe e inútil.

El espíritu crítico suele relacionarse con la capacidad de dudar, de poner algo entre paréntesis para someterlo a juicio. Pero esta asociación, correcta en principio, puede derivar en actitudes completamente acríticas.

 Escuché a un famoso profesor y conferenciante decir que su labor era, en un colegio cristiano, hacer dudar de la existencia de Dios; y, en un colegio laico, hacer dudar de su inexistencia. Otra profesora me comentó que su espíritu crítico la había acercado al terraplanismo. Pero dudar sistemáticamente de todo es tan acrítico como creer sistemáticamente en todo. La palabra «crítico» procede del verbo griego krinein, que significa «separar», «decidir». Quien duda de todo no separa, no toma ninguna decisión. La duda no es el final del camino, sino un medio para alcanzar la certeza. Y las certezas son esenciales para el desarrollo de la personalidad. Nuestra vida necesita un fundamento sólido, una roca firme que la sustente. Por tanto, haremos muy bien en encaminar a nuestros estudiantes hacia la verdad, evitando que vaguen sin rumbo en el cuestionamiento sistemático.

Por último, me pregunto si no existe hoy una infoxicación filosófica, por llamarla de algún modo; si nuestras sociedades cada día más heterogéneas no nos estarán volviendo, a nosotros y a nuestros estudiantes, indiferentes o relativistas en lo que respecta a las cuestiones morales o trascendentes. Si aspiramos a la formación integral cristiana de nuestros alumnos, no podemos descuidar este aspecto. Si los profesores somos capaces de defender con rigor y con solvencia nuestra visión de las cosas, y, sobre todo, si somos capaces de dar testimonio de ella con nuestra propia vida, estaremos contribuyendo enormemente a la formación del espíritu crítico más importante de todos.

Eduardo Pérez Royo

Profesor de Lengua y Literatura

Colegio Alborada

 

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Artículo original publicado aquí

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