En los últimos tiempos ver series en las nuevas plataformas de televisión es una de las actividades más habituales de jóvenes y adultos. Horas y horas delante de la pantalla viendo pasar capítulos no demasiado originales ni, muchas veces, demasiado enriquecedores.

Una de las más conocidas es Castle, la historia de un escritor de novelas de misterio que colabora con la policía resolviendo homicidios. Aparte de los procedimientos de investigación, la principal aportación del protagonista es su decidida apuesta por la necesidad de descubrir la historia que hay detrás de todos los acontecimientos que rodean al delito en cuestión. Quiénes son los implicados, sus caracteres, su pasado y presente, las diferentes motivaciones por las que se mueven y los lugares que frecuentaron y les llevaron o bien a cometer el asesinato o bien a ser víctima, testigo o daño colateral del mismo.

Si, como demuestra la serie (dejando claro que es ficción, y de alguna manera, exagerada) la historia es fundamental para comprender un hecho (en su caso un homicidio), cuánto más importante será conocer la historia de nuestro entorno, familia, país, o por supuesto, nuestra propia biografía.

Estudiar Historia, con más o menos entusiasmo, esfuerzo o dedicación, es conocer y asimilar los acontecimientos pasados que conformaron nuestro presente y las personas que, con sus acciones, omisiones, heroicidades o cobardías, pusieron las bases de nuestra sociedad y dieron forma al paisaje humano, urbano, político, económico o cultural en el que nos encontramos.

Caminar por el pasado, fijar la mirada en una fecha, un lugar histórico, una escultura o una placa clavada en la puerta de un edificio y reflexionar sobre lo que nos dice a cada uno, no deja de ser como una investigación policial de las que vemos en televisión.
Con la diferencia, abismal por otra parte, de que el objeto de nuestras pesquisas es todo aquello que nos ha hecho ser lo que somos.

María Paz Bertoldo
Profesora de Historia
Colegio Alborada

Artículo original publicado aquí

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