¿Qué significa educar?

Permítanme que, al estrenar esta colaboración periódica sobre una cuestión tan enconada en España como la educativa, deje claro mi propósito. Me gustaría que el día –espero que lejano– que escriba la última, mis lectores puedan decir de mí lo mismo que el gran Jaime Balmes quería que los suyos dijeran de él: “No ha escrito una sola palabra que haya excitado la discordia, no ha pisado el linde de las buenas maneras, no ha exasperado los ánimos”. Si no lo hago así, por favor, no duden en recriminármelo.

En febrero del 2021 se anunció la creación de un “Grupo de expertos de la Comisión Europea” con la misión de hallar “una definición” de lo que significa “educación y formación de calidad”, dado que sin esta definición no parece posible “identificar las políticas de educación y formación más eficaces”. La Comisión Europea reconocía así, de facto, que carece de una definición satisfactoria de lo que es una persona educada. Esta es la razón por la cual cada vez es más difícil alcanzar consensos educativos. Para soslayar esta dificultad, nos empeñamos en hallar un terreno ideológicamente neutral sobre el que basar de manera no polémica nuestra acción educativa. Muchos creen haberlo encontrado en la tecnología y la innovación.

Es fácil observar que las dudas sobre lo bueno son las que alimentan el auge axiológico de lo nuevo. Lo nuevo ya no hace tanto referencia a una posición en el tiempo como a un valor. Si algo se presenta como innovador, se puede ahorrar la justificación de su pertinencia. Ahora bien, si lo valioso es lo nuevo, podríamos decir que lo nuevo es la manifestación del moderno relativismo.

No negaré que en el campo de la tecnología tiene fundamento la valoración positiva de lo nuevo. El último automóvil es previsible que sea el más evolucionado, pero ¿no sería estúpido creer que somos mejores escritores que Proust por el mero hecho de escribir después de él? Que tenga fundamento no significa que sea infalible. La novedad de un producto no garantiza su éxito. Cualquier empresario sabe que la innovación no está exenta de riesgos. El último producto no siempre desbanca al anterior, aunque sea tecnológicamente superior. En cuestiones de innovación no es extraño el fracaso. La inversión en innovación es necesaria para intentar no quedarnos rezagados, pero no nos garantiza los puestos pioneros. Si una empresa fracasa en una innovación tecnológica, puede verse en apuros. ¿Pero puede permitirse la escuela un riesgo de este tipo? Mi respuesta sería afirmativa si no existieran permanencias antropológicas.

Nos hemos dejado impregnar del rumor que asegura que en torno al 65% de los niños que comienzan hoy su escolarización habrán de vérselas en su vida profesional con tecnologías que aún no han sido inventadas para resolver problemas que hoy son inimaginables. Si esto fuera cierto, también deberíamos atender al 35% que, según este mismo rumor, habrá de vérselas con la pervivencia de problemas actuales. De esto no se habla, porque lo que subyace a estos anuncios es la convicción de que el hombre es un ser de temporada, otro producto tecnológico más, sometido, como cualquier otro, a la obsolescencia. Pero si existen permanencias antropológicas, hay algo en el hombre que no está sometido al paso del tiempo.

¿Saben por qué se han oscurecido las permanencias antropológicas? Porque para visibilizarlas hay que mirar hacia el pasado y no exclusivamente hacia el futuro. Y aquí, precisamente, nos sale al paso uno de los fines de una educación humanista: el dominio de una perspectiva amplia sobre las cosas humanas. Si somos capaces de emocionarnos hoy con los versos de Safo, si la Venus Calipigia sigue teniendo un nombre acertado, si Platón nos sigue haciendo pensar; si seguimos escuchando a Mozart, si continuamos empeñados en buscar un trabajo alegre y un amor seguro, si nuestra posición en el cosmos nos sigue provocando interrogantes… es porque existen permanencias antropológicas.

Por supuesto, una de esas permanencias es la apertura a lo nuevo, porque el hombre, por su naturaleza, es un ser futurizador y proyectista. Pero en esta apertura lleva consigo toda su naturaleza y, con ella, su necesidad de arraigo, de copertenencia, de orientación, de expresión, de belleza, de salud, de alegría, etc. El hombre sólo podría vivir en el ámbito de lo posible (de la innovación) si careciera de cualquier realidad humana.

Si nos comprendemos a nosotros mismos como portadores de permanencias, entenderemos que las tecnologías no dejan de ser prótesis antropológicas que amplifican lo que ya somos. Y es esto, lo que ya somos, lo único que nos pueden proporcionar una perspectiva objetiva sobre lo que en nosotros muda.

Al oír el sonido de una flauta exquisita, un teólogo dijo a sus discípulos: “Es la voz de Satán que llora por las cosas que pasan. Quisiera eternizar sus instantes, porque mientras pasan, sólo Dios permanece. Satán ha sido condenado a querer asirse a las cosas que pasan y al verlas inalcanzables, se deshace en lágrimas». ¿Y cuál es la lógica del imperio de la innovación, sino la obsolescencia de todo y, por lo tanto, el imperio de la melancolía?

Apuntaré algunas de las permanencias (o necesidades) antropológicas que debieran interesar a la pedagogía al menos tanto como la innovación.

La necesidad de convivir con la verdad y no meramente con construcciones subjetivas de los propios conocimientos. Ni somos mejores escritores que Proust por escribir después de él, ni la obra completa de Julio Iglesias es superior a un cuarteto de cuerda de Beethoven. El ser humano puede disfrutar engañando, pero se siente herido cuando descubre que lo han engañado.

La necesidad de disponer de estrategias del cuidado de nosotros mismos, para lo cual es imprescindible dotarnos de experiencias de orden, límite y rigor. El límite no es una amenaza, sino la condición de posibilidad de la forma.

La necesidad de mantener una relación cordial con nuestra lengua, porque los límites de mi lenguaje son los de mi mundo, pero, sobre todo, porque, como observó Platón, la “misología” (la reticencia ante el lenguaje) y la “misantropía” nacen de una misma fuente. San Juan lo dice así: “Dios –es decir, el Logos– es la luz y en él no hay rastro de sombra”. Y añade: “el que dice que está en la luz y aborrece a su hermano, está en las tinieblas y no sabe a dónde va”. Todo debate sobre equidad en educación que no tenga en cuenta las competencias lingüísticas de los alumnos, no es un debate serio.

La necesidad de la prudencia. Hay en el hombre una serie de virtudes que, aunque nombradas de diferente manera, tienen un fondo común. Me refiero a la autonomía, la perseverancia, el pensamiento estratégico, el coraje… todas tienen que ver con el manejo prudente de los propios recursos y, en primer lugar, con la capacidad para posponer la satisfacción de un deseo si las condiciones lo aconsejan. No pueden desarrollarse si el niño no va asumiendo progresivamente responsabilidades sobre su propia vida. La libertad es siempre una ocasión de riesgos, pero el mayor riesgo para el desarrollo de un niño es la sobreprotección.

La necesidad de disponer de un alma. El alma tiene como función cuidar de sí misma, cosa que no saben hacer ni el yo, ni el sujeto, ni la conciencia, ni el cerebro. Entiendo por alma el ámbito en el cual lo mejor que podemos llegar a ser se dirige críticamente a la inercia de lo que somos. El alma es capaz de elevarse a sí misma sobre sí misma. Aprender a trascendernos –a superar nuestros contextos inmediatos– es el más hermoso fin de la educación. En este sentido, podemos preguntarnos si las emociones son capaces de ordenarse a sí mismas o si necesitan de algún principio no emocional que las oriente.

La necesidad de diferenciar entre lo existencial y lo vitalmente útil. Si solo aspira a vivir, el ser humano puede prescindir de la contemplación, de la teoría, del gozo estético, del baile, de la aventura, de la tertulia… de la sugestión poética de la llama de una vela, etc. Pero si aspira a dotar de densidad su existencia, necesita experiencias de amistad, belleza, copertenencia, entrega, entusiasmo, serenidad, silencio, risa, etc.

Concluyo señalando la paradoja de que el discurso innovador va acompañado de una pedagogía del miedo al futuro. Parece claro que la idea de progreso está haciendo aguas. Hay muchos progresos segmentarios, pero es dudoso que su suma nos dé para la certeza de un Progreso global. Se habla, hoy de “progresofobia” y algunos intelectuales aseguran que vivimos en el tiempo que sabe que puede ser el fin de los tiempos. Seríamos los humanoides postreros por nuestra incapacidad para frenar el avance desolador de los cuatro modernos jinetes del apocalipsis: superpoblación, agotamiento de recursos, contaminación y cambio climático. La ONU habla de “ecoansiedad”. ¿Pero no es precisamente cuando los problemas son acuciantes cuanto más necesaria es la serenidad y la confianza en nosotros mismos? ¿Y cómo vamos a confiar en nosotros mismos si no sabemos identificar a la persona educada?

Gregorio Luri
Filósofo, pedagogo y ensayista.