Cuando le preguntaban qué es educar, un profesor de Gaztelueta respondía que educar significa dar lo mejor de uno mismo, que la educación es el esfuerzo por compartir cualidades y conocimientos para ayudar a los alumnos a encontrar su propio camino, acompañándolos en un progresivo conocimiento del mundo y de sí mismos.

Todas las personas tenemos cualidades que podemos compartir con los demás. Por tanto, todos deberíamos asumir ese papel de educadores ayudando a construir una sociedad cada vez mejor y más justa. Por supuesto, ser educador implica una gran responsabilidad, pero el hecho de saber que estamos ayudando a los demás a abrirse al mundo es probablemente lo más gratificante a lo que cualquiera puede dedicar su vida.

En orden cronológico y de importancia, los padres son los primeros en esa tarea de acompañamiento. Muchos de los intereses culturales, expresiones, aficiones, habilidades y conocimientos se cocinan en la familia. Y lo más importante: la vida en familia nos enseña a compartir, a relacionarnos y a comprender el mundo que nos rodea. Los padres enseñan a sus hijos a salir del propio yo con el ejemplo y con consejos basados en la experiencia, transmitidos con oportunidad y, en ocasiones, con fortaleza. Es un primer aprendizaje natural e inconsciente en el que se aprende más por contagio que por transmisión directa, y en el que los niños aprenden jugando. Con el tiempo, esos juegos dejan paso a la responsabilidad y a un uso cada vez más consciente de la propia libertad.

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En segundo lugar, el centro educativo también juega un papel importante. La relación de la familia se amplía a docentes y compañeros de clase. Es un entorno de esfuerzo amable en el que el trabajo ayuda a comprender que nada bueno se logra sin sacrificio, y que los errores -e incluso el sufrimiento- forman parte del aprendizaje de la vida. Posiblemente no habría buenos profesionales si antes no hubieran sido preparados para ese salto. Y ya en la universidad o formación profesional, los nuevos alumnos se encuentran dedicados a lo que ellos mismos han elegido para su futuro. Comienzan a forjar su propio proyecto personal y profesional. Es el momento de las grandes decisiones.

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En todo caso, en este constante camino de aprendizaje para la vida en que todos estamos inmersos, no se debería perder de vista lo importante. Lo mejor que puede aportar un docente es su entrega, su dedicación, su profesionalidad, su apoyo, su compañía… Es la personalidad del profesor la que capta la atención de los estudiantes. Una atención que nunca podrá ser sustituida por el móvil, las tabletas, la pizarra o el proyector que emplee en sus clases. Nada puede sustituir esa cercanía que se grabará para siempre en los alumnos y que hará que el docente, sin pretenderlo, se convierta en un referente. No cabe duda de que, por encima de las nuevas tecnologías, la situación, o cualquier cambio social, educar es una cuestión de actitud. La responsabilidad puede ser abrumadora. Sin embargo, pocas profesiones son tan estimulantes.

Artículo original publicado aquí

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