Libros valiosos, lectores de calidad

Las encuestas sobre hábitos de lectura suelen decirnos que muchos niños dejan de leer cuando empiezan la adolescencia. A propósito de eso, se ha producido en España un debate sobre si el remedio sería dar a leer a los alumnos obras menos arduas y menos antiguas. Pero es dudoso que se haga de los chicos unos buenos lectores yendo a lo fácil.

Recientemente, el periodista Ignacio Zafra comentaba unos datos recopilados en los últimos cinco años por la Federación de Gremios de Editores de España, según los cuales el porcentaje de lectores frecuentes entre 15 y 18 años cae, respecto a los de 10 a 14 años, del 77% al 53%. La explicación habitual de esa caída apunta a las turbulencias propias de la edad y al uso cada vez mayor de los móviles, entre otras razones. Además, añadía la hipótesis del estudio Jóvenes y Lectura 2022, de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez: que la forma en que se enseña la literatura en colegios e institutos aleja de los libros a los lectores jóvenes.

La lectura, un fenómeno cualitativo

Antes de comentar algunas cosas tal vez habría que preguntarse si las estadísticas, una herramienta tan útil para cuestiones cuantitativas, aportan luz a realidades que sólo podemos comprender de forma cualitativa: tanto si suenan negativas –como las que dicen que los lectores son cada vez menos o leen cada vez menos–, como si parecen positivas –como las que hablan de que, durante la pandemia, se ha leído más–, son engañosas porque los motivos de los comportamientos humanos son muy diferentes.

Por ejemplo, las estadísticas sobre hábitos de lectura o de no-lectura nunca tienen en cuenta el clima; suman en la misma columna lectores de Calderón de la Barca y de Paulo Coelho, libros de Dostoievski y del último premio Planeta; y, por supuesto, no pueden valorar que un solo buen lector y un solo buen libro lo pueden cambiar todo tanto personal como socialmente. Si resulta confuso uniformar hechos que son, por su propia naturaleza, misceláneos, y si no podemos esperar claridad de unas estadísticas que nunca pueden dar las razones, es un error recurrir a ellas para intentar comprender algo tan elusivo como la lectura de libros muy distintos por parte de gente muy distinta que, además, lee con propósitos muy distintos.

Ante la supuesta crisis de lectura en la adolescencia, cabe plantear otra hipótesis: ¿y si aquellos lectores niños no eran verdaderos lectores?, ¿y si lo único que se hizo durante la etapa escolar infantil fue darles productos de entretenimiento que denominamos libros?

Libros extensos y desafiantes

Entre las experiencias que podemos aportar quienes fuimos muy lectores de niños, está la de que dedicamos muchas horas a leer libros extensos y la de que pasamos mucho tiempo absorbidos por novelas de autores como Scott, Dumas, Verne, etc.

Ya sé que, a lo anterior, inmediatamente habrá quien diga que ahora las cosas no son así –lo cual para muchos es cierto aunque también hay afortunados para los que no–, pero lo que se trata de advertir es esto: que si alguien, siendo niño, fue capturado por largas y emocionantes historias, nunca olvida la experiencia y que, como le quedó claro que algo así provoca un entusiasmo completamente distinto del que puede causar cualquier otra forma de pasar el tiempo, siempre tendrá la oportunidad de recuperarla.

Además, quien fue un ávido lector infantil recuerda que, algunas ocasiones, tropezó con libros poderosos que, aunque le resultaran difíciles, le desafiaron y le dejaron inquieto, bien porque se dio cuenta de que necesitaba saber más, o bien porque intuyó que contenían mucho más de lo que podía comprender.

De la escuela debemos esperar que promocione lo mejor; en este caso, los mejores libros

Libros valiosos que nos esperan

Otra cuestión que se ha de subrayar es que una cosa es que un educador no imponga la lectura de algo que un lector niño no puede comprender, y otra es que no busque la manera de hacerle ver el enorme poder de los grandes libros y que se olvide de que, sobre todo dentro de un aula, hay que lanzar, y hay quienes sí pueden recoger el guante de propuestas exigentes. En este sentido, no es un drama que un chico llegue a la universidad sin haber leído Don Quijote o Los novios, pero sí es un fracaso educativo que no crezca teniendo muy claro que si ha gustado a tantos durante tanto tiempo es por muy buenos motivos, y que no tenga en su horizonte la posibilidad y el deseo de darles una oportunidad cuando sea el momento.

Aquí viene a cuento el comentario de Claudio Magris acerca de que «la escuela no puede ser una vaca con infinitas ubres de las que manen todos los tipos de leche habidos y por haber» y aplicarlo a los libros infantiles y juveniles: de la escuela debemos esperar que promocione lo mejor, en este caso los mejores libros, no los libros infantiles y juveniles en general, mucho menos los recién publicados y menos todavía los que, supuestamente, tratan problemas de ahora o son de autores locales o amigos.

En fin, tal como dice Flannery O’Connor, “el profesor de letras de secundaria cumplirá con su responsabilidad si guía al alumno, a través de la mejor literatura del pasado, hasta la comprensión de la mejor escritura del presente; si enseña literatura, no estudios sociales, ni pequeñas lecciones de democracia, ni las costumbres de otras tierras. ¿Y si el alumno no lo encuentra de su gusto? Bien, lo lamentaremos. Infinitamente. Pero no debe tenerse en cuenta su gusto: se está formando”.

Libros profundos en las aulas

En este punto vale la pena mencionar un libro de la pedagoga norteamericana Karen Bohlin titulado Educando el carácter a través de la literatura, en el que habla de qué clase de libros deben proponerse a los alumnos de secundaria y de la forma en que, con ellos, se puede despertar su imaginación moral. Indica que, frente a la ficción sociológica de moda, es necesario apostar por libros de calidad literaria reconocida. Hace la gráfica comparación de que si un entrenador de tenis no hace practicar a sus alumnos con pelotas desinfladas y un profesor de música no hace practicar a sus alumnos con violines a los que les faltan cuerdas, un profesor de literatura ha de optar por obras que tengan profundidad.

Dice también que las clases no han de ser como guías estáticas de literatura –que, por ejemplo, se centran demasiado en el análisis de un recurso literario y pierden de vista la historia en su conjunto– y han de llevar a los alumnos a saltar a un nivel superior de preguntas: lo ejemplifica indicando que no se puede reducir Matar un ruiseñor a una lección sobre el racismo ni despachar Romeo y Julieta con unas frases que resuman la trama; y señalando la superficialidad de moralizar de forma simplista y tratar a Atticus Finch como un héroe sin reconocer sus debilidades o lamentar el amor imposible de Romeo y Julieta sin cuestionar su autenticidad.

Bohlin explica bien que los personajes de la mejor literatura nos proporcionan unas ventanas privilegiadas al alma humana por medio de las cuales podemos examinar los factores internos y externos que acaban pesando en que alguien llegue a ser o no un tipo de persona merecedora de admiración y de respeto. Apunta que ya sea examinando el crecimiento moral de Jane Eyre, la heroína de Charlotte Brontë, o de Ralph y Jack, los protagonistas de El señor de las moscas, de William Golding, la literatura puede ayudarnos a prestar atención a las experiencias y disposiciones que contribuyen al desarrollo moral de cada personaje.

Por otro lado, los lectores adolescentes están una etapa vital llena de ideales, por lo que se sienten inclinados a leer con interés lo que atañe a la educación del deseo y lo que pueda enseñarles a distinguir la virtud verdadera de la falsa. Evaluar en clases bien pensadas las elecciones y los errores de los héroes literarios abre para ellos oportunidades de reflexionar sobre la valía de sus propias actuaciones y metas, y activa sus imaginaciones morales.

Un verdadero lector intenta no gastar su tiempo limitado “en leer mil libros mediocres que embotan su sentido crítico y lesionan su sensibilidad literaria” (Nicolás Gómez Dávila)

Libros que nos transforman

Para Bohlin, “los profesores de literatura no son diferentes a los entrenadores o los profesores de música. Ya sea enseñando un deporte o un instrumento musical, la práctica es lo que hace a la gente mejor”. Un profesor de literatura debe hacer que sus alumnos sean mejores conocedores de la experiencia vicaria y ha de procurar que sean lectores capaces de distinguir entre las elecciones que llevan a los personajes de ficción hacia el florecimiento y las que los llevan a una vida que no es plenamente humana.

Así que, retomando lo dicho al principio, la inquietud de que los adolescentes lean menos no se contrarresta dándoles libros que bajen el nivel sino dándoles obras que de verdad les aporten enriquecimiento interior. Los profesores –añade Bohlin– deben proponerse hablar en clase de novelas de las que los lectores jóvenes puedan obtener inspiración, de novelas que los hagan más hábiles para la reflexión ética y que les ayuden a evitar justificaciones y autoengaños, de novelas que sean una referencia para siempre y que hagan sus vidas más ricas.

Lectores de calidad

En general, para poder hablar en serio sobre lectura y sobre lectores, tendríamos que ponernos de acuerdo primero en el significado de las palabras: ni la lectura de la que hablamos es una descarga de datos sino una forma de llegar a una mejor comprensión de la realidad, ni un verdadero lector es quien busca libros que proporcionen solo diversión sino quien busca lecturas que superen sus expectativas y que le hagan madurar. O, en palabras de Nicolás Gómez Dávila, un verdadero lector es el que intenta no gastar su tiempo limitado “en leer mil libros mediocres que embotan su sentido crítico y lesionan su sensibilidad literaria”; el que aprende a leer “sin sentirse vigilado por las modas literarias” del momento; el que tiene claro que “no es entre pequeños en donde nos sentimos grandes, es en la luz de los grandes en donde nos sentimos crecer”.

Ahora bien, conseguir que un lector adolescente llegue a tener esos planteamientos intelectuales requiere tener claros los objetivos del trabajo educativo y asumir que la naturaleza de la lectura incluye que los buenos libros ofrecen resistencia y requieren esfuerzos que con frecuencia parecerán infructuosos pero que resultan completamente necesarios. Como dice Gregorio Luri en La escuela no es un parque de atracciones, “es evidente que se necesita conocimiento tanto para buscar conocimiento como para juzgar el valor del conocimiento encontrado”, y que, “sobre todo, se necesita conocimiento de calidad para producir conocimiento de calidad”. Es decir, que se necesitan lecturas tanto para buscar nuevas lecturas como para juzgar el valor de las lecturas previas, y, sobre todo, que son necesarias lecturas de calidad para llegar a ser un lector de calidad. Parece obvio, pero ya se ve que no lo es tanto.