De la cabaña a la desescalada: Crecer como familia en tiempos de crisis

Por Fátima Guillén, docente de Adharaz-Altasierra 

Todos vivimos una época sin precedentes, en la que la pandemia del Covid-19 nos ha mostrado que somo seres vulnerables, y obligándonos a situaciones a las que nuestro ritmo de vida frenético no nos tenía acostumbrados. El permanecer tantas horas juntos en casa, teniendo que trabajar, a la vez que atendiendo a nuestros hijos, adaptándonos a un uso masivo de la tecnología para seguir con nuestro día a día, ha supuesto en muchos casos un gran reto. 

Hemos tenido que desempeñar muchos roles a la vez, cosa que antes lo teníamos mejor compartimentado: el puesto de trabajo, la casa, el colegio… Y ahora que poco a poco estamos “desescalando” estamos viviendo una nueva normalidad que no tiene nada de normal. 

La situación, que la conocemos bien, y en cada casa se ha vivido con sus luces y sus sombras, es una situación en la que podemos sacar mucho provecho educativo, y en la que, como padres, no debemos bajar la guardia.

Hemos pasado de las carreras con los deberes y las extraescolares, a las clases online; de estar dos horas al día metidos en el tráfico a desayunar, comer y cenar juntos. Estamos ante una oportunidad única para crecer como familia, y convertir nuestro tiempo en tiempo de calidad. 

Como padres seguimos siendo, y ahora más que nunca, espejos en los que nuestros hijos se miran e imitan. Cada acto de la vida cotidiana tiene implicaciones en la vida de ellos, y a veces significativas, por lo que debemos procurar ser ejemplo siempre. Si nos ven enfadados constantemente y sólo pendientes de nuestras cosas, no podemos esperar que ellos estén alegres y sean todo generosidad. 

Y viceversa. Cuando luchamos por poner a los demás miembros de la familia por delante, atender sus necesidades, ser generosos con nuestro tiempo, poner buena cara aunque “no me apetezca”, las circunstancias diarias se convierten así en fuente de alegría para toda la familia. Porque nuestra felicidad la encontramos cuando nos vencemos a nosotros mismos por ayudar a que los demás miembros de la familia estén más a gusto. 

No significa que tengamos que ser padres perfectos, pero sí padres que luchan por sacar lo mejor de sí mismos en cada minuto del día. Y hay que ir así: minuto a minuto, hora a hora. 

¿Qué recuerdo os gustaría que tuvieran vuestros hijos de este periodo en el que estábamos todos en casa durante tanto tiempo?

Este año, todo va a ser distinto, y aunque podamos volver a hacer cosas que en estos meses atrás no nos estaban permitidas, los distanciamientos sociales y las medidas de prudencia, tanto en la vuelta al trabajo como en las vacaciones seguirán siendo un tiempo propicio para crecer en familia y como familia. 

Exigencia y cariño

El secreto de la educación en este u otro momento que nos hubiera tocado vivir, es un equilibrio entre Exigencia y Cariño. 

Exigencia para no claudicar con las normas de casa, teniendo una rutina y disciplina que nos permitan saber, y sobre todo a los hijos, qué toca en cada momento. Si tenemos costumbre de cambiarnos, asearnos y hacer nuestra cama antes de desayunar, procurar seguir haciéndolo. 

Exigencia en el trabajo, tanto propio como en el de los hijos. Hemos comentado que somos ejemplo vivo de nuestros hijos. Si queremos que sean trabajadores nos tendrán que ver que también lo somos, y no nos dejamos llevar por lo que apetece o la comodidad. Y en el trabajo de los niños. Que tengan menos horas de clase, o sean online, no significa que puedan descuidar el hacer sus tareas u otras actividades de ampliación. 

Exigencia para que todos en casa nos hablemos con amabilidad, por saber comportarnos en la mesa, en el trabajo y en el descanso, y para que éste último no se convierta en un no hacer nada, sino en copar el tiempo con actividades distintas que requieran un poco de menos esfuerzo.

Y Cariño. La exigencia debe ir aderezada de cariño, que se traduce en hablarle bien a nuestros hijos, aunque a veces nos exasperen; en tener paciencia, sabiendo que son seres en desarrollo y que no lo saben todo, sino precisamente nos necesitan para que les vayamos dando criterio en los problemas que ofrecen las distintas etapas de su vida.

Cariño que se traducirá en dedicar un rato cada día en el que aparcamos el trabajo, las preocupaciones y las pantallas, para mirarnos a los ojos y saber disfrutar de nuestra sola presencia, de compartir nuestras viviencias. 

Cariño mostrado en sonrisas, miradas, abrazos y besos, que se irán intercalando con lo que vaya tocando en cada momento.

Estamos ante un gran reto, pero también ante una gran oportunidad, de ser el mejor ejemplo para nuestros hijos y crecer en familia juntos. 

Artículo original publicado aquí

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