Mi nombre es Almudena Yebra Romanillos. Soy antigua Alumna de Alborada y actualmente estoy estudiando el doble grado de Periodismo e Historia en la Universidad Rey Juan Carlos. Gracias al programa de intercambios internacionales Munde, con convenios en universidades fuera de Europa, en marzo del año pasado conseguí una beca para estudiar un semestre en Chicago, en Notheastern Illinois University.

Tras casi dos años estudiando en remoto sentía que necesitaba un poco de aire, ver como se hacían las cosas en otros lugares, conocer gente, volver a ilusionarme de alguna forma con mi carrera. Mire los posibles destinos y aunque otros lugares de Asia o Sudamérica me tentaban mucho, elegí  Estados Unidos como primera opción, -entre otras razones-, porque la situación sanitaria era más favorable allí y por practicar el inglés que durante los años de la carrera había dejado un poco olvidado.

Me puse manos a la obra y aunque soy un auténtico desastre con el papeleo, con un poco de ayuda las cosas fueron funcionando. Sin embargo, por lo incierto e inestable de la situación no me permití ilusionarme demasiado. Era consciente de que un cambio repentino en las medidas contra la pandemia, en las políticas de España o de Estados Unidos podía dar al traste con todo lo que había estado preparando durante meses. Por eso el día que puse por primera vez un pie en Chicago, – el 15 de agosto de 2021-,  todo me parecía un sueño, completamente irreal. Era increíble pensar que había un océano hasta mi casa, siete mil kilómetros y siete horas de diferencia horaria.

Desde entonces hasta ahora, mientras escribo estas líneas han pasado unos meses pero no me abandona esa sensación irrealidad que de alguna forma es una especie de toque de atención que me recuerda que esto es una oportunidad única, un regalo del que no todo el mundo puede disfrutar y por el que estoy permanentemente agradecida, aun en los momentos en los que se me hacen cuesta arriba los kilómetros de distancia de la gente que quiero y de los paisajes que me son familiares… pero también esos momentos son una oportunidad de aprendizaje y crecimiento.

Una de las cosas que más me gustan de estar aquí es la posibilidad de convivir con estudiantes de todo el mundo. Desde Corea del Sur y Japón hasta Rusia o Pakistán pasando por Tanzania, Ghana, Países Bajos o Alemania.

Al encontrarnos todos en la misma situación hemos llegado a ser muy cercanos, a apoyarnos, valorarnos y construir amistades solidas por encima de las diferencias. Y aunque en numerosas ocasiones hemos experimentado como el principal requisito para entenderse es querer y tener un poco de paciencia, la puerta de entrada por la que nos asomamos al universo del otro es el inglés. En ese sentido para mí ha sido vital el nivel con el que salí de Alborada y que me ha permitido comunicarme con soltura aun habiendo cometido el error de dejarlo un poco abandonado después.

La universidad en la que estoy Northeastern Illinois University no es muy grande o muy prestigiosa, pero es una de las más diversas del Medio Oeste, y está especialmente dedicada a promover la educación superior en la comunidad latina que constituye un tercio de la población de Chicago. Gracias a ello, he podido ver de cerca esas otras realidades que no salen en las películas como las serias dificultades a las que los estudiantes se enfrentan para pagar la universidad, en muchas ocasiones haciendo compatibles dos trabajos con las clases; o la falta de oportunidades para los estudiantes indocumentados, normalmente hijos de emigrantes que aun tras haber nacido en suelo estadounidense no tienen la nacionalidad.

En cuanto a las clases he disfrutado mucho de poder elegir asignaturas de diferentes grados. Terminé estudiando un poco de filosofía, historia del arte, sociología, comunicación… A diferencia de la universidad en España y como contrapeso de los precios altísimos de la educación superior, las clases aquí son mucho más pequeñas, lo que permite una atención más cercana y personal. Tanto que terminé siendo la única alumna en la clase de Filosofía Contemporánea (no hubo manera de escaquearse de hacer alguna tarea).

Uno de mis objetivos desde el primer momento fue aprovechar al máximo e involucrarme en diferentes actividades todo lo que pudiera. Encontré un espacio a mi medida en  el periódico y la radio de la universidad. Aunque mi inglés muchas veces sigue siendo medio inventado, gracias a la ayuda de mis compañeros de la redacción y sus correcciones he ido publicando artículos semanalmente y disfruto mucho de los ratos en la radio donde no dejo de explorar la enorme colección de vinilos con música de todo tipo.

Gracias a haber formado parte de los medios de la universidad  el pasado mes de enero empecé a trabajar para Northeastern Illinois University Foundation, una organización sin ánimo de lucro que se encarga de recaudar fondos para conceder becas. Lo que más me gusta es que lo que hago tiene una repercusión directa en los estudiantes que más apoyo necesitan. También es muy cómodo porque sigo involucrada en la vida universitaria y en contactos con mis amigos del semestre pasado.

En cuanto a Chicago en si solo puedo decir que me encanta. Es una ciudad grande pero a la vez acogedora. Tienes los rascacielos imponentes del centro pero también barrios pequeños  y cuidados. Los desiertos de asfalto y hormigón, y la orilla del lago Michigan con playas y parques donde las ardillas y los mapaches son los reyes del lugar. Pero tengo que reconocer que prefiero el verano. El invierno se está haciendo un poco duro para esta chica de la campiña madrileña. El termómetro ha llegado a marcar -22 grados y empiezo a entender porque llaman a Chicago “The Windy City”, la ciudad del viento. No obstante, pensándolo bien no está del todo fuera de lugar que las ventoleras de Chicago me revuelvan la melena de vez en cuando. Después de todo vine buscando un poco de aire.

 

Artículo original publicado aquí

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