Una vez apareció un anuncio de trabajo en el que se exigía desempeñar las siguientes funciones: acompañante, consejera, directora, administradora, agente de compras, maestra, enfermera, cocinera, nutricionista, decoradora, limpiadora, chofer, supervisora del cuidado de los niños, trabajadora social, psicóloga y organizadora de recreaciones. En efecto, ese trabajo era el de madre de familia.

Está muy extendida la idea de que el triunfo en la vida profesional exige todos los esfuerzos, mientras que la vida doméstica es únicamente el lugar donde reponer fuerzas, como si ésta estuviera al servicio de aquella, y que no requiriera una a mayor atención y cuidado. Pero nada más lejos de la realidad. Y quizá puede venir bien recordar unas palabras de San Josemaría, cuya fiesta celebramos el día 26 de junio, en este año que el Papa Francisco ha dedicado a la familia. Un empresario le preguntó cómo compaginar la exigente vida profesional con la vida familiar y le respondió que no dudara en que “el “negocio” más importante son los hijos”. Es algo que no es fácil de llevar a la práctica, pero no por ello debemos olvidar que la familia merece el mayor de nuestros empeños.

En los negocios se planean proyectos, se proponen metas, se marcan prioridades, y se le dedican las mejores energías. También a la familia le une marcar unos objetivos con los que todos se identifiquen, y tener algunas actividades programadas cada semana, ya sea ver una película con palomitas, dar un paseo por el campo, leer cuentos, o cocinar alguna receta con los niños… Sin embargo, paradójicamente, la mejor aportación que se puede hacer a los hijos es otra. Es lo que una vez el Papa san Juan Pablo II les digo a un matrimonio amigo: que la mejor ayuda que podían prestar a sus hijos es que se quisieran ellos dos.

Se suele decir que el 70% de lo que aprenden los hijos es de lo que ven y tan solo un 30% de lo que oyen. El afecto mutuo entre el padre y la madre, bien visible, es sin duda la ayuda más eficaz para ellos. Por eso recomendaba San Josemaría a los matrimonios «que no riñan nunca delante de los hijos: para lograrlo, basta que se pongan de acuerdo con una palabra determinada, con una mirada, con un gesto. Ya regañarán después, con más serenidad, si no son capaces de evitarlo» (Conversaciones, 108). O como dijo en otra ocasión: «que lleguéis a quereros tanto que améis los defectos del consorte, siempre que no sean una ofensa a Dios (…). Y si lo fueran, con afecto, poco a poco, podréis hacerlos cambiar (…). Cuando améis así, habréis aprendido a querer” (Encuentro en Valencia, Guadalaviar, 18-XI-1972).

Los niños más seguros en sí mismos son aquellos que ven de forma habitual el amor de sus padres, el cual se les grabará como modelo para ellos imitarlo el día de mañana. Y además, ese afecto mutuo de los padres es para los niños la mejor catequesis para conocer de forma práctica a un Dios que es Amor.

Acabo con lo que leí que pasó en un colegio:
Profesora: A ver, niños. Hoy vamos a hablar del ocio. El ocio es el descanso de las personas. ¿Vuestros padres descansan?
Niños: Síííí.
Profesora: Muy bien. A ver Juanito, ¿Qué hacen tus padres para descansar?
Juanito: Mi madre se pone con el móvil y mi padre ve el fútbol.
Profesora: ¿Y los tuyos Cristina?
Cristina: Mi padre se pone con la tablet y mi madre con el whatsapp.
Profesora: ¿Y eso les relaja?
Cristina: No sé. Siempre están discutiendo…
Profesora: ¿Alguno más quiere intervenir?
Raúl: Mis padres no ven la tele ni la tablet. Se sientan con nosotros todas las noches y tienen su ratito de oración con nosotros. Después se quedan ellos solos rezando y hablando de sus cosas de mayores.
Profesora: ¡Ah! Qué curioso. Y ¿eso les relaja?
Raúl: Ellos dicen que es el momento del día en el que cogen fuerzas para el día siguiente. Y además, se quieren un montón. Cuando yo sea mayor, quiero ser como mis papis.

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